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Lunes, 26 Septiembre 2022 19:04

Día del Traductor

Quienes traducen hoy festejan su día

En nuestro Instituto, se estudia una carrera de la que se habla mucho y, en ocasiones, se conoce poco: el Traductorado literario y técnico-científico de inglés. Los profesionales que egresan de esta carrera se dedican al diálogo entre lenguas, a descifrar significados. Hoy, en este día tan especial para nosotros, les queremos contar un poco acerca de lo que hacemos y para ello entablamos una especie de diálogo con fragmentos del escritor español Javier Marías.

Un poco de historia

¿Por qué celebramos el día del traductor el 30 de septiembre?

Desde 1953, cada 30 de septiembre rendimos tributo a todos los profesionales de las lenguas que, con su trabajo, tienden puentes entre universos de palabras, facilitan la comunicación entre culturas y nos liberan del entorno opresivo de la anarquía lingüística.

 

Lionello Spada: Lectura de San Jerónimo.  Oleo sobre lienzo s. XVI.

 

El día fue elegido en honor a San Jerónimo, fallecido el 30 de septiembre de 420, que tradujo las Sagradas Escrituras del hebreo y el griego al latín vulgar, a pedido del papa Damaso. Semejante tarea le llevó más de cuarenta años. Pero su mérito no se detiene ahí. San Jerónimo fue uno de los primeros en reflexionar sobre la importancia del proceso de la traducción, tal como se desprende de las misivas que  intercambió con el senador romano Pammaquio al respecto; y sus ideas contribuyeron a sentar las bases de la traductología  moderna.

Qué es traducir, qué es interpretar

Los traductores e intérpretes traducimos e interpretamos continuamente, sin discriminación ni apenas descanso durante nuestros periodos laborales, las más de las veces sin que nadie sepa muy bien para qué se traduce ni para quién se interpreta, las más de las veces para los archivos cuando es un texto y para cuatro gatos que además no entienden tampoco la segunda lengua, a la que interpretamos, cuando es un discurso.          

Javier Marías. Corazón tan blanco

Se suele confundir la actividad del traductor con la del intérprete, a pesar de que son actividades diferentes con un núcleo en común. Traductores e intérpretes se dedican a expresar en una lengua lo que se ha expresado antes en otra; pero mientras que los traductores trabajan con textos escritos, los intérpretes lo hacen con textos orales. Y este detalle, que pareciera menor, genera un mundo de diferencias, que se empiezan a vislumbrar en el período de formación y terminan de eclosionar en el mundo laboral.

   

Traductores e intérpretes comparten la pasión por las palabras, los sentidos, las culturas y la comunicación; trabajan de manera rigurosa, dominan terminología precisa e investigan el tema sobre el que versa el texto con el que van a trabajar. No obstante, la oralidad y la escritura tienen sus particularidades y exigen el dominio de competencias específicas distintas. A modo de ejemplo, el traductor no necesita tener una dicción exquisita, ni el intérprete una ortografía impoluta.

Pero dejemos esas especificidades para más adelante, para el 20 de noviembre, que se celebra en Argentina el día del intérprete de conferencias, en conmemoración de los juicios de Nuremberg de 1945, que marcaron el inicio de la interpretación simultánea.

La voluntad de querer entenderlo todo

Yo hablo y entiendo y leo cuatro lenguas incluyendo la mía, y por eso, supongo, me he dedicado parcialmente a ser traductor e intérprete en congresos, reuniones y encuentros, sobre todo políticos y a veces del nivel más alto (en dos ocasiones he hecho de intérprete entre jefes de estado; bueno, alguno era sólo presidente de gobierno). Supongo que por eso tengo (como la tiene Luisa, que se dedica a lo mismo, sólo que no compartimos exactamente las mismas lenguas y ella está menos profesionalizada o se dedica menos, y por tanto no la tiene tan acentuada) la tendencia a querer comprenderlo todo, cuanto se dice y llega a mis oídos, tanto en el trabajo como fuera de él, aunque sea a distancia, aunque sea en uno de los innumerables idiomas que desconozco, aunque sea en murmullos indistinguibles o en susurros imperceptibles, aunque sea mejor que no lo comprenda y lo que se diga no esté dicho para que yo lo oiga, o incluso esté dicho justamente para que yo no lo capte.

Javier Marías. Corazón tan blanco

El traductor no aborda un texto como lo haría un lector común. El traductor disecciona el texto, capa tras capa, para llegar a percibir el sentido que debe transferir, el “alma”, la “huella digital” del texto fuente. Por lo tanto, la voluntad de querer entenderlo todo y con la mayor exactitud posible lo persigue, lo acecha, lo obsesiona.

Pero con entender, no basta. Como solía decir García Yebra “no se puede traducir bien lo que se ha comprendido mal. Pero se puede traducir mal lo que se ha comprendido bien”. (García Yebra, 2006: 97). Por ende, tal como aconsejaba Sergio Viaggio, hay que formar al traductor bajo la consigna de “enseñar a entender al otro para hacer que el otro entienda”.

 

¿Don o maldición?

Lo hice durante algún tiempo, escuchar y fijarme e interpretar y contar, lo hice como trabajo remunerado ese tiempo, pero venía haciéndolo desde siempre y aún sigo, pasiva e involuntariamente, sin esfuerzo y sin recompensa, ya es seguro que no puedo evitarlo o que es mi manera de estar en el mundo, me acompañará hasta la muerte, descansaré de ello entonces. Más de una vez se me dijo que era un don que tenía y así me lo mostró Peter Wheeler, que fue quien me alertó al explicármelo y describírmelo, las cosas no acaban de existir hasta que se las nombra, eso todo el mundo lo sabe o lo intuye. Ese don yo lo veo en cambio como maldición a veces, y eso que ahora suelo ceñirme a las tres primeras actividades, que son calladas e interiores y de la conciencia y no tienen por qué afectar a nadie más que a uno mismo, y sólo cuento cuando no hay más remedio o se me pide insistentemente.

 Javier Marías. Tu rostro mañana

Llegar a traducir bien es un don, sin lugar a dudas; una habilidad que se desarrolla con los años, que se nutre de la  formación continua y la experiencia, y que alcanza su plenitud en la duda como método de trabajo y conocimiento. Y paradójicamente, en el mundo abstracto y arbitrario de las lenguas y del lenguaje, en permanente evolución, a mayor experiencia, menor certidumbre. Llega a ser más que una profesión, es una forma de vida. Vamos por ella tratando de entenderlo todo, no solo el texto que nos asignaron. Indagamos, preguntamos, pensamos. No dejamos ir las palabras hasta que no vengan aquellas que necesitamos. Y eso, a veces, se transforma en una maldición. 

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